La reseña que nadie pidió: Electric Callboy – TEKKNO

Abróchate el cinturón (o mejor, rómpelo). Esto no es una reseña amable. No es para fans del progresivo de 12 minutos ni para melancólicos del vinilo. Esto va de explotar el escenario con luces de neón, bases electrónicas, riffs gordos y breakdowns violentos. Esto va de Electric Callboy y su bomba sonora titulada TEKKNO.

Sí, TEKKNO dura 30 minutos. Sí, son 10 canciones que entran y salen sin pedir permiso. Pero si estás esperando un álbum denso, complejo y conceptual, este no es tu sitio. Aquí lo que hay es desenfreno, sarcasmo, músculo y fiesta. Y funciona. Vaya si funciona.

De casi Eurovisión a reventar salas y festivales

Por si no te suenan: Electric Callboy (antes Eskimo Callboy) son los alemanes que estuvieron a un pelo de representar a su país en Eurovisión. ¿Una banda de electro-metalcore compitiendo por subirse al escenario más pop del planeta? Solo eso ya dice mucho de lo que traen entre manos. Pero que no te engañen: detrás de las mallas, los tintes y los vídeos absurdos hay una banda que sabe lo que hace y lo hace mejor que nadie.

El año pasado reventaron el Resurrection Fest. Y unas semanas después, repitieron el milagro en el Leyendas del Rock, dejando claro que su reino no entiende de etiquetas. Les dio igual tocar entre bandas black, heavy o death. Salieron, encendieron la mecha y dejaron medio Villena bailando y gritando como si fuera la última noche de sus vidas. Así de claro.

Brutalidad con bisturí: ¿qué ofrece TEKKNO?

Con TEKKNO, esa energía se traslada al estudio sin perder potencia. Aquí no hay introducciones atmosféricas ni puentes interminables. Hay ritmos electrónicos que revientan altavoces, guturales colocados con mala leche, coros que se te meten en la cabeza y riffs diseñados para romper cuellos en pista. Y aún así, todo suena limpio, calculado y efectivo. Brutalidad con bisturí.

Electric Callboy no vienen a pedir permiso. Vienen a invadir tu cabeza con su guerra entre techno y metalcore. ¿Quién gana? Tú, si te atreves a escucharlo.

Pump It

«Pump It» es parodia desquiciada de esa obsesión por el gimnasio, los batidos, los espejos y los egos inflados a base de química y autotune. Electric Callboy te mete de lleno en una clase dirigida que parece sacada de un infierno fluorescente, donde los riffs te golpean como series de press banca y los sintetizadores actúan como estimulantes ilegales.

Desde el segundo uno, sabes que estás ante algo distinto. La base electrónica parece sacada de un CD de aerobic de los 90, pero el contraste con los guturales que revientan en el estribillo es tan violento como hilarante. Es metalcore de gimnasio, sí, pero pasado por un filtro de ironía, músculo falso y camisetas demasiado pequeñas.

Y es ahí donde radica su genialidad: “Pump It” funciona porque se ríe del postureo… y a la vez lo convierte en algo que querrías gritar a pleno pulmón en mitad de una sala de fitness abarrotada. Es sátira, pero también es gasolina. Es fiesta, pero también es burla. Es un espejo roto en el que todos nos vemos reflejados alguna vez.

Visualmente, el videoclip es una genialidad hortera. Mallas, cuerpos sudorosos, poses ridículas y un Nico Sallach que parece salido de un VHS de culturismo. Y sí, lo mejor es que Electric Callboy sabe perfectamente que todo esto es ridículo… y se lo toma más en serio que tú.

“Pump It” es el tema perfecto para abrir el disco: te deja claro que aquí no hay reglas, que el humor y la agresividad pueden bailar juntos y que si vas a entrar en TEKKNO, más te vale venir con los abdominales preparados. O al menos con ganas de reírte de ellos.

We Got the Moves

La fiesta no se detiene, y tras el arranque demencial de “Pump It”, llega “We Got the Moves”, el verdadero mazazo mainstream del disco. Este tema no se limita a reventar listas ni a ser un viral de TikTok: es el equivalente sonoro de meterte cinco bebidas energéticas, un Red Bull de riffs y un chupito de autotune con anabolizantes.

En cuanto sueltas el play, el cerebro se queda secuestrado por ese maldito dop-död-död-dop que se te instala en la corteza como un parásito sonoro. Y aquí está el punto brillante: Callboy ha conseguido construir un banger que suena a rave hortera de pueblo y a breakdown de festival extremo sin que chirríe. Es una montaña rusa diseñada a medida para el caos: subidas electrónicas de verbena, guturales con cara de pocos amigos y un estribillo tan dulce que dan ganas de mirarse al espejo para comprobar si llevas purpurina.

Y sin embargo, funciona. Porque hay inteligencia detrás de la broma. “We Got the Moves” no es solo una caricatura de la estética de influencer de gimnasio ni un homenaje a las fiestas en garaje con luces LED de Aliexpress: es una declaración de intenciones. Un dedo corazón en alto a los que todavía creen que el metal tiene que ir siempre vestido de negro, serio y con olor a sudor rancio.

¿Electrónica? ¿Pop? ¿Metalcore? ¿Todo a la vez? Claro que sí. Lo que otros hacen con vergüenza, ellos lo hacen con los huevos encima de la mesa.

Y eso es lo que duele a muchos puristas: que estos tipos han entrado en el club con chanclas y se están follando a todas las normas. Mientras tú esperas el séptimo disco conceptual de una banda que aún vive en 2007, estos vienen con pelucas de neón y se quedan con la sala.

¿Rabietas guturales? Sí, hay. Y aunque alguno pueda decir que le raspan los tímpanos, aquí están puestas con intención. Son el contrapeso del azúcar. El “sí, esto es divertido… pero también te podemos partir la cara si hace falta”.

En directo, por cierto, esta canción es dinamita. Quien la escuchó en el Resurrection Fest 2024 lo sabe: fue coreada por miles como si estuviéramos en un after berlinés con entrada por wall of death. En el Leyendas, más de lo mismo: los metaleros de parche y camiseta de Overkill no sabían si bailar, fingir que no les gustaba o gritar como adolescentes. Spoiler: gritaron.

TEKKNO no busca convencerte. Busca volarte la cabeza mientras te ríes, bailas y sudas como un animal. Y “We Got the Moves” es su mayor arma. ¿Guilty pleasure? Puede. Pero si esto es un placer culpable, que nos lleven esposados.

Fukboi

“Fukboi” arranca y, por un instante, podrías pensar que has puesto mal el disco. Suena más a pop-punk de instituto americano que a metal moderno. Pero ojo: el gancho está en el contraste sutil, no en el mazazo. Las guitarras no chillan… pero sí empujan. Y la base electrónica que lo sostiene todo hace que incluso los más duros meneen la cabeza sin darse cuenta.

Aquí, Electric Callboy juegan a ser accesibles, y no les tiembla el pulso. Se alían con Conquer Divide, que aportan la parte melódica y femenina con total soltura, y rematan con un pique final entre ambos vocalistas que funciona como un duelo pop-metalcore con sabor a MTV 2004 y garra 2025.

El rapeo final de Kiarely Taylor es breve, pero suficiente para dejar claro que esta colaboración no es un adorno: es un puñetazo disfrazado de caramelo. ¿Es el corte más blando del disco? Sí. ¿Funciona como válvula de escape entre tanto subidón? También. Y a diferencia de muchas bandas que intentan sonar “abiertos”, aquí se nota que lo hacen porque les da la gana, no para complacer a nadie.

Spaceman

Y volvemos al caos. “Spaceman” es un misil teledirigido a todo el que crea que ya ha pillado la fórmula de la banda. La canción arranca como una sátira de ciencia ficción, pero lo que viene después es una mezcla enfermiza de techno, metalcore y rap alemán que revienta cualquier expectativa.

FiNCH, que rapea con un desparpajo digno de un borracho en Oktoberfest, se convierte en la guinda de un tema que no tiene miedo a sonar ridículo, porque sabe que es jodidamente efectivo. Es como si Rammstein, Scooter y Asking Alexandria hubieran hecho un trío en una nave espacial y hubieran parido esto.

Y lo mejor: la letra no es gratuita. Entre beats y gritos, Callboy lanza su mensaje: el Tekkno ha llegado, y no hay planeta que se salve. Ellos no están aquí para entretenerte: están aquí para colonizar tu cerebro, reventarte las neuronas a ritmo de BPMs, y hacerte reír mientras te prendes fuego.

El videoclip, por supuesto, es demencial. Trajes espaciales, poses ridículas, y una producción que parece sacada de un Saturday Night Live dirigido por Quentin Tarantino. Y sin embargo, te engancha. Porque no buscan gustar. Buscan arrasar.

Mindreader

Justo cuando estás en pleno subidón, cuando te sientes en una montaña rusa bañada en neones, llega “Mindreader” y te da un bofetón sin previo aviso.

Aquí se acabó la fiesta. El tono baja, la oscuridad entra, y el “core” que muchos desprecian cobra sentido. Esta vez los gritos no son posturita ni relleno: son rabia pura. La letra habla de manipulación, control psicológico y relaciones donde uno anula al otro. Y no es metafórico: es asfixiante.

Musicalmente, es uno de los cortes más densos y serios del álbum. La base electrónica cede espacio a una atmósfera tensa, casi industrial, y el riff principal es tan repetitivo como opresivo. No hay concesiones ni melodías bonitas: hay dolor. Y el resultado, aunque incómodo, es demoledor.

Aquí es donde Electric Callboy demuestra que no son solo una banda de coña. Que debajo de la purpurina hay dientes. Que entre bromas también saben clavar un cuchillo. “Mindreader” no es para saltar ni para bailar. Es para sentir cómo la pista de baile se derrumba bajo tus pies.

Arrow of Love

Tercera colaboración y tercera bala en la recámara. En “Arrow of Love”, Kalle Koschinsky entra como un bulldozer hortera y lo convierte en su propia pista de choque emocional. Este tema no disimula: entra a matar con un riff gordísimo, un estribillo diseñado para sonar en estadios y una energía que solo se puede describir como “euforia con guantes de boxeo”.

Aquí no hay pausas, no hay curvas, no hay desarrollo progresivo: esto es carne de pogo, carne de festival, carne de cardio extremo. La base discotequera no esconde su intención fiestera, pero está revestida de una violencia instrumental que pone los puntos sobre las íes. El metal está ahí. El ritmo lo acompaña. Y el conjunto te arrastra.

Parasite

Y tras la explosión llega la infección. “Parasite” es de esos temas que entran como una patada y se quedan como una úlcera emocional. Si “Mindreader” era control psicológico, aquí hablamos de sumisión total. De dependencia brutal. De ese infierno moderno donde sabes que estás jodido, pero no puedes salir.

La música acompaña con la misma crudeza: nada de envoltorios festivos ni juegos con el techno. Aquí la banda escupe odio, frustración y dolor con precisión quirúrgica. Los guturales, por fin, no están para decorar ni para hacer de “esto también es metal”, sino que canalizan una rabia visceral que lo eleva todo.

Electric Callboy demuestra que cuando se toma en serio, también puede escribir letras que te revuelven el estómago sin perder su firma sonora. En un disco donde todo parece diseñado para el desfase, “Parasite” rompe la pista y te deja solo frente a tu propio reflejo. Y eso no se olvida.

Tekkno Train

Y justo cuando crees que el disco va para arriba, llega “Tekkno Train”. Y no, no descarrila, pero sí se tambalea. Aquí volvemos a los clichés: beat techno, gritos sin mucho sentido, y un estribillo que no termina de cuajar. Es como si hubieran dicho: “necesitamos otro tema loco, rápido, cómico… meted trenes, luces y lo que se os ocurra”.

El problema no es que sea malo, es que llega tarde y mal. A estas alturas del disco, la fórmula ya está muy vista: intro con autotune, grito de orco cabreado, estribillo pasteloso, beat chunda-chunda, y puente final con breakdown. Funciona, sí, pero ya no sorprende.

Y Callboy sin sorpresa pierde parte de su magia. Aquí los guturales suenan metidos con calzador, como si hicieran falta para justificar que esto no es “solo techno”. Pero precisamente eso era lo interesante al principio: que se atrevieran a romper barreras sin pedir perdón.

Hurrikan

Y entonces, sin previo aviso, el disco se vuelve loco del todo. “Hurrikan” es una anomalía deliciosa, un crimen estilístico con premeditación y alevosía. La canción empieza como una balada disco cursi en alemán —sí, has leído bien— y termina en un estallido de deathcore puro que parece sacado de un disco de Carnifex… o de una peli de Hostel.

El contraste no solo es intencionado, es violento, grosero y brutalmente eficaz. En menos de tres minutos pasamos del pop empalagoso a una carnicería sonora donde los guturales ni siquiera parecen humanos. Y sí, el videoclip merece mención aparte: vísceras, sangre, desmembramientos y más casquería que en una peli de serie Z alemana.

¿Tiene sentido? No. ¿Es brillante? Totalmente. Este es el momento más WTF del disco y a la vez su grito de guerra final. Como si la banda dijera: “¿te pensabas que ya habías visto todo? Pues toma. Trágate esto.”

 

Neon

Después de una tormenta de ritmos machacones, humor bizarro y violencia sonora, “Neon” baja el telón con una elegancia robótica inesperada. Es el corte más introspectivo del álbum, una balada electrónica con tintes synthwave, voces tratadas digitalmente y un Nico Sallach que deja atrás los gritos para mostrar un lado mucho más melódico y vulnerable.

No hay explosión final. No hay giro agresivo de última hora. Solo una atmósfera suave, casi melancólica, como si el fin de fiesta llegara con luces de neón apagándose poco a poco. Una despedida sin histeria. Y eso, viniendo de Electric Callboy, es casi lo más sorprendente de todo.

Veredicto final: fiesta, sangre y control total

¿Es TEKKNO un disco redondo? No. ¿Es un disco necesario? Absolutamente. Porque pocos trabajos recientes se atreven a dinamitar tantas barreras con esta desfachatez y precisión. Callboy ha hecho un álbum que se ríe del metal, del pop, de sí mismos y de ti si te lo tomas demasiado en serio. Y lo mejor de todo es que lo hacen sin perder la pegada ni la inteligencia.

Hay momentos donde la fórmula se desgasta (“Tekkno Train” es el ejemplo claro), pero también hay momentos brillantes, arriesgados y jodidamente efectivos: “Pump It” como sátira; “Spaceman” como rave demente; “Mindreader” como puñalada emocional. Y en directo, ya lo han demostrado en Resurrection Fest y Leyendas del Rock 2024: son dinamita pura. Nadie lo discutió cuando acabaron sus sets. Callboy vino a reventar cabezas y a hacerte bailar con la cara rota. Y lo logró.

Este no es un disco para puristas. Es para los que saben que la música no necesita solemnidad para ser brutal. Que puedes mezclar eurodance con riffs de ocho cuerdas y que el resultado funcione. Que el humor, la fiesta y la crítica pueden coexistir en el mismo tema si sabes lo que haces.

Y Electric Callboy sabe perfectamente lo que hace. Lo que te molesta, lo que te hace mover el cuello, lo que te hace sonreír mientras piensas “esto no debería gustarme”. Pero te gusta. Y ellos lo saben. Y ahí está su victoria.